El Clásico no es solo un partido; es una batalla por la hegemonía del fútbol español, y la final de la Supercopa de España disputada en Riad no fue la excepción. Sin embargo, hubo un momento que quebró definitivamente la resistencia del conjunto blanco y cambió el guion del encuentro: el segundo tanto culé. Justo cuando el reloj coqueteaba con el descanso, Robert Lewandowski apareció para transformar una jugada colectiva en una declaración de intenciones.
NOTAS RELACIONADAS
La jugada nació de la presión alta y la inteligencia posicional. Tras una recuperación en la zona de creación, el balón llegó a los pies de Pedri, quien se convirtió en el arquitecto de la noche. Desbordando por la banda izquierda, levantó la cabeza y vio el desmarque del polaco. Fue un pase de la muerte, una asistencia milimétrica que cruzó el área chica evadiendo a la defensa merengue, dejando el escenario listo para la ejecución final.
Robert Lewandowski, haciendo gala de su instinto de "killer" que lo ha encumbrado en la élite mundial, no perdonó. El delantero polaco solo tuvo que empujar el esférico al fondo de la red, pero su mérito residió en el acompañamiento de la jugada y la lectura del espacio a la espalda de los centrales. Thibaut Courtois, que tantas veces ha salvado al Madrid, quedó vencido, incapaz de detener el remate a bocajarro que significaba el 2-1 en el marcador. La celebración fue un estallido de júbilo que fusionó la veteranía del goleador con la euforia de un equipo en reconstrucción.