El símbolo que hoy identifica a una de las compañías deportivas más poderosas del mundo nació como un sencillo encargo: un trazo diseñado por una estudiante que, en 1971, cobró apenas 35 dólares por su trabajo. Aquel dibujo minimalista —una curva dinámica que evoca movimiento y ala— se integró en los primeros prototipos de calzado de lo que entonces era Blue Ribbon Sports y más tarde sería conocido como Nike, hasta convertirse en el icónico Swoosh que hoy aparece en estadios, pasarelas y campañas globales.
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La historia no se limita al gesto creativo en sí, sino también al contraste entre el pago inicial y el reconocimiento que vendría con los años. Carolyn Davidson —la diseñadora estudiante detrás del trazo— entregó múltiples bocetos hasta que la empresa eligió el que mejor transmitía velocidad y fluidez.
En sus inicios, la firma veía al logotipo como un elemento más dentro del proceso de identidad, pero con el tiempo ese simple dibujo pasó a ser la marca registrada de una filosofía comercial que apostó por la conexión emocional con el deporte y la cultura.
Recompensa millonaria
A mediados de los años ochenta, cuando la compañía ya había dado pasos decisivos en su expansión internacional y se preparaba para consolidarse en los mercados financieros, la dirección decidió reconocer públicamente la contribución de Davidson. En 1983 ella recibió un anillo con el Swoosh incrustado y, como gesto simbólico de gratitud, 500 acciones de la compañía.
Aquellas acciones, fruto de una decisión corporativa de homenaje, se multiplicaron con los años gracias al crecimiento sostenido de la empresa y a sucesivos splits: lo que en su momento era un obsequio modesto terminó creciendo hasta valer, según distintas estimaciones, más de un millón de dólares en el tiempo posterior.