El Super Bowl LX será recordado por muchas cosas, pero pocas imágenes ilustran mejor la disparidad entre los dos equipos que la actuación de sus pateadores. Fue una noche de realidades opuestas, un guion cruel donde la gloria y el olvido compartieron el mismo césped. Mientras en la banda de los Seahawks se celebraba una fiesta de precisión histórica, en el lado de los Patriots reinaba la inactividad más frustrante. El duelo de estrategias dejó a uno de los especialistas convertido en leyenda y al otro, lamentablemente, en un mero espectador de lujo.
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El gran protagonista fue Jason Myers. El pateador de Seattle se vistió de héroe improbable, cargando a su equipo a la espalda con una sangre fría asombrosa. Con cinco goles de campo convertidos en cinco intentos, Myers no solo mantuvo el marcador en movimiento constante, sino que sumó un total de 17 puntos, una cifra monstruosa para un solo jugador en una final. Cada vez que su ofensiva se atascaba, él aparecía como un reloj suizo para castigar a Nueva Inglaterra, convirtiendo el partido en un monólogo de efectividad.
El amargo papel secundario de Andy Borregales
Foto: CBS
En la otra orilla, la historia fue radicalmente distinta. Andy Borregales vivió la pesadilla de cualquier pateador: estar listo para una batalla a la que nunca te llaman. La inoperancia ofensiva de los Patriots, incapaces de mover las cadenas con fluidez o de acercarse a la zona de anotación rival, dejó al venezolano-americano prácticamente inédito. Su única aportación al marcador fue un solitario punto extra, anotado cuando el partido ya agonizaba y el trofeo Lombardi tenía dueño virtual.
No hubo fallos por su parte, simplemente no hubo oportunidades. Borregales pasó los cuatro cuartos calentando en la banda, viendo cómo su homólogo Myers recibía ovaciones mientras él esperaba un turno que la defensa de Seattle le negó sistemáticamente. Al final, el 29-7 definitivo no solo reflejó la superioridad de los Seahawks, sino también la soledad de un pateador que soñaba con decidir un campeonato y terminó viendo cómo la historia se escribía en la portería contraria.
