Cuando el domingo pasado el silencio se apoderó de la pista de Crans Montana tras una dura caída, el mundo del deporte temió lo peor. Sin embargo, Lindsey Vonn ha decidido reescribir el guion de lo que parecía una despedida anticipada. Contra todo pronóstico médico y desafiando la lógica deportiva, la leyenda estadounidense ha confirmado que estará en la cita olímpica. A sus 41 años, y apenas unos días después de romperse los ligamentos de la rodilla, su determinación permanece intacta: no hay dolor que frene su deseo de competir.
La caída durante los entrenamientos amenazaba con truncar su participación en lo que serán sus quintos Juegos, a los que llegaba con la etiqueta de favorita tras su espectacular regreso. Lejos de derrumbarse o lamentar su suerte, Vonn ha afrontado el diagnóstico con una frialdad asombrosa. "No he llorado, me siento fuerte", declaró, dejando claro que mientras exista una mínima posibilidad física de calzarse las botas, ella estará en el portillón de salida.
Una figura incombustible en la élite del Esquí en los Juegos Olímpicos de Invierno
"Sé cuáles eran mis opciones antes del accidente y sé que ahora no son las mismas, pero aún hay una, y mientras la tenga lo intentaré", confesó la esquiadora. Su declaración es una muestra del carácter competitivo que la ha convertido en una de las mejores de todos los tiempos. Vonn es consciente de que las condiciones han cambiado drásticamente, pero su apuesta es total: jugárselo todo a esa única carta restante.
La gesta cobra dimensiones épicas si miramos el retrovisor. Lindsey volvió a la competición en 2024 tras cinco años de retiro, compitiendo con una rodilla parcialmente reconstruida con titanio. Lo que para cualquier otro atleta sería una barrera insalvable, para ella es solo otro obstáculo en el camino. Su presencia en los Juegos no será solo una participación más; será la prueba de resistencia de una atleta que se niega a que una lesión decida cuándo termina su historia.
