El Real Madrid atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia reciente en lo que respecta a la salud de su plantilla.
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Lo que comenzó como una mala racha se ha transformado en un calvario sistémico que parece no tener fin. Tras el último reporte médico de Ferland Mendy, la cifra ha alcanzado las 120 lesiones en apenas las últimas dos temporadas.
La acumulación de bajas ha puesto todas las miradas sobre los servicios médicos del club. En una institución que presume de la excelencia y de contar con los mejores recursos tecnológicos del mundo, que sus jugadores caigan "como fichas de dominó" deja en evidencia una gestión que no está dando la talla.
La recurrencia en lesiones musculares y las recaídas constantes sugieren que los protocolos de recuperación y prevención están fallando. Cuando nombres como los de Courtois, Militão, Alaba o el propio Mbappé se vuelven habituales en la enfermería, las dudas crecen cada vez más.
Calendario asfixiante
Sin embargo, sería simplista culpar únicamente a los doctores sin mirar el panorama global. El Real Madrid es víctima de un calendario de fútbol internacional que ha sobrepasado los límites de la resistencia humana.
Para un club que llega sistemáticamente a las rondas finales de la Champions League, que disputa el Mundial de Clubes, la Supercopa de Europa y de España, además de las ligas domésticas, el descanso es un concepto inexistente.
Cada vez hay más partidos y menos tiempo de recuperación. La exigencia de la alta competición, sumada a los viajes transcontinentales con las selecciones nacionales, convierte a los futbolistas en atletas al borde del colapso.
La directiva también tiene la culpa
Este "infierno" médico ha derivado en una crisis deportiva evidente. Por segundo año consecutivo, el equipo se asoma al abismo del "nadaplete", superado por un Barcelona más entero físicamente y castigado por la incapacidad de mantener un once titular estable.
Sin una solución estructural que pase por una reforma en los métodos de prevención y, quizás, una postura más firme ante los entes que organizan el calendario (FIFA y UEFA), el Real Madrid corre el riesgo de seguir viendo cómo sus estrellas se apagan en la camilla de un hospital en lugar de brillar sobre el césped del Santiago Bernabéu.
