Hay noches que se quedan grabadas en el cemento de un estadio y en la retina de miles de aficionados. Lo vivido esta noche en el feudo rojiblanco no fue solo un partido de fútbol, fue una exhibición de poderío que terminó por hundir a un Barcelona irreconocible. Cuando parecía que la tempestad había pasado con el tercer tanto, apareció la figura de Julián Álvarez para demostrar que su hambre de gloria es insaciable y que en su diccionario no existe la palabra "tregua".
NOTAS RELACIONADAS
El argentino, que trabajó incansablemente durante todo el encuentro fijando a los centrales y presionando la salida de balón, encontró su premio en el tramo final. Tras una recuperación eléctrica en la medular, el "Araña" trazó una diagonal perfecta, recibió el esférico con un control orientado de seda y, ante la salida desesperada de un Joan García ya superado por los acontecimientos, definió con la sutileza que solo los elegidos poseen. El balón besó las mallas y el estadio, sencillamente, entró en éxtasis.
Con este contundente 4-0, el Atlético de Madrid firma una de sus páginas más brillantes en la historia reciente de la Copa del Rey. El equipo de Simeone no solo pasó por encima de su rival en el marcador, sino que le arrebató el orgullo en cada duelo individual. La comunión entre la grada y el césped alcanzó niveles febriles, confirmando que este bloque ha recuperado la mística de las grandes citas, esa que convierte al Metropolitano en un territorio inexpugnable para los gigantes de Europa.
La imagen final de Julián celebrando con sus compañeros resume el estado de gracia del conjunto colchonero. Mientras el Barça se marchaba al túnel de vestuarios cabizbajo y buscando explicaciones a un naufragio total, los locales se daban un baño de masas. La final de la Copa del Rey ya se divisa en el horizonte y, con una delantera que carbura a este nivel, el optimismo es la única bandera que ondea hoy en la capital.
