Si el fútbol tiene guiones escritos, Antoine Griezmann se sabe el suyo de memoria cada vez que ve la camiseta azulgrana enfrente. En una noche eléctrica de Copa del Rey, el francés volvió a ser el verdugo elegante, ese jugador que no necesita gritar para hacerse escuchar en el campo. Tras el desconcierto inicial provocado por el error de Joan García, el '7' rojiblanco se encargó de poner la calma y la calidad para asestar el segundo golpe, uno que duele el doble por venir de quien viene.
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La jugada fue marca de la casa. Con el Barcelona volcado buscando el empate y dejando espacios a su espalda, Griezmann leyó el hueco como nadie. Recibió en la frontal, ese territorio donde el tiempo parece detenerse para él, y con una frialdad quirúrgica definió lejos del alcance del guardameta. No fue un gol de rabia, sino de pura clase; una ejecución técnica perfecta que hizo estallar las gargantas de 70.000 almas y que confirmó que, en las noches grandes, Antoine sigue comiendo en una mesa aparte.
Con el 2-0 en el luminoso, el Atlético de Madrid se transformó en esa versión rocosa y pragmática que tanto gusta al Cholo Simeone. La ventaja no solo les dio tranquilidad, sino que les permitió manejar los tiempos del partido a su antojo, jugando con la ansiedad de un rival que veía cómo la eliminatoria se le escapaba entre los dedos. El equipo colchonero, espoleado por el tanto de su estrella, cerró filas y convirtió el área en un fortín inexpugnable.
Este gol supone mucho más que una simple ventaja en el marcador para la vuelta; es un golpe psicológico directo al mentón del proyecto culé. Griezmann, que salió de Barcelona por la puerta de atrás, sigue demostrando que su lugar en el mundo es vestido de rojiblanco. Ahora, con medio billete para la final en el bolsillo, el Metropolitano sueña despierto, sabiendo que mientras su 'Principito' siga frotando la lámpara, la Copa está un poco más cerca de quedarse en casa.