El fútbol tiene esa cruel capacidad de borrar noventa minutos de brillantez con un solo segundo de desgracia. En la ida de las semifinales de la Copa del Rey, el guardameta azulgrana Joan García vivió en carne propia la soledad más absoluta que puede sentir un deportista de élite. Lo que prometía ser una noche de reivindicación bajo los focos del Metropolitano, se torció de la forma más inexplicable apenas arrancaba el encuentro.
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Corría el minuto seis y el partido todavía se estaba desperezando. El Barcelona intentaba salir jugando desde atrás, fiel a su estilo, cuando Eric García decidió ceder el balón a su portero para reiniciar la jugada. Era un pase de rutina, de esos que se dan mil veces en un entrenamiento, pero el destino —y quizás el estado del césped— jugaron una mala pasada. El balón dio un bote extraño justo antes de llegar al pie de Joan, colándose por debajo de la suela y rodando mansamente hacia la red ante la incredulidad de propios y extraños.
Este regalo inesperado fue gasolina pura para el conjunto colchonero, que no desaprovechó el momento de confusión rival. El estadio se vino abajo, no por una jugada trenzada, sino por la sorpresa de ver cómo el marcador se abría de la forma más inverosímil. Lejos de conformarse, los hombres del Cholo olieron la sangre; la inestabilidad emocional tras el fallo del arquero contagió a la defensa culé, permitiendo que el equipo rojiblanco impusiera su ritmo frenético y físico durante el resto de la primera mitad.
Para Joan García, el resto del partido fue una lucha contra sus propios fantasmas. Aunque intentó rehacerse con un par de intervenciones de mérito posteriormente, la losa del minuto seis pesó demasiado. En una eliminatoria a doble partido donde cada detalle cuenta, un error no forzado de este calibre no solo altera el marcador, sino que puede definir el rumbo de toda una temporada. Ahora, el Barcelona tendrá que remar contracorriente en la vuelta, sabiendo que en estas instancias, los regalos se pagan muy caros.