Mundial 2026: El Maracanazo: el día en que la historia del fútbol cambió

A días de celebrar la inauguración del Mundial 2026, recordamos uno de los momentos más icónicos del deporte rey

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Meridiano

Sabado, 30 de mayo de 2026 a las 10:26 am
Mundial 2026: El Maracanazo: el día en que la historia del fútbol cambió
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Nota de Luis Alfonso Meza

El “Maracanazo” hace honor a uno de los partidos más importantes en la historia del fútbol mundial. Un antes y un después. Un hecho que dividió opiniones y que resultó ser el causante del momento más agridulce en la historia de los mundiales. Fue la vez en que la selección de Uruguay venció a Brasil, ganó el Mundial, dio un golpe de autoridad y silenció a un estadio con casi 200 mil espectadores.

En el año 1950 se disputaba la cuarta edición de la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA. El mundo había cambiado y habían pasado 5 años desde el cese de la Segunda Guerra Mundial. Brasil fue electo para ser sede del certamen copero y el globo terráqueo, una vez más, se paralizaba, pero esta vez para el disfrute y la unión a través del deporte rey.

Aquel Mundial fue muy diferente

Los certámenes que estaban previstos para el 42’ y el 46’ no se pudieron llevar a cabo por la destrucción masiva que causó la guerra. Cuando el conflicto bélico llegó a su fin, muchas naciones quedaron en ruinas y no tenían capacidad económica o logística para llevar a sus selecciones de vuelta a dicha competencia. Ante eso, muchos equipos se dieron de baja y solo 13 pudieron confirmar su asistencia.

Además de Brasil por ser sede, por América fueron: Uruguay, Bolivia, Chile, Paraguay y Estados Unidos, junto con México. Mientras que España, Inglaterra, Italia, Suecia, Suiza y la otrora Yugoslavia eran los representantes de Europa.

Ante la desparejidad ocasionada por la falta de países, el Mundial se jugó de la siguiente forma:

  • 4 grupos en donde avanzaban los primeros lugares de cada uno.
  • Un cuadrangular final para definir al ganador del torneo.

Siempre ha existido una confusión histórica

Históricamente ha existido una confusión con respecto a la mal llamada “Final de 1950”. La Celeste y la Verdeamarela no disputaban una final, pero por cómo llegaban ambos al cuadrangular —los locales con 4 puntos y los charrúas con 3— el compromiso así lo significaba.

Brasil tenía un equipo que metía miedo

Durante todo el torneo, la Canarinha era la firme candidata para llevarse el título. En fase de grupos quedaron invictos: golearon a México 4-0 en su debut, empataron 2-2 frente a Suiza y firmaron un 2-0 ante los yugoslavos. Pero eso solo había sido el calentamiento.

En la fase final, los amazónicos avasallaron a Suecia 7-1, plasmando lo que, hasta los momentos, ha sido la humillación más grande que ha recibido el país escandinavo en su historia mundialista. Y como si fuera poco, arremetieron contra España marcando un 6-1.

¿El siguiente paso? eran los charrúas

Entre ambas selecciones existía un roce que no solo se limitaba a la calidad de sus jugadores. Previamente a este compromiso, Los brazucas dominaban la serie ante la selección rioplatense. En 11 encuentros disputados, los pentacampeones habían ganado 6 y Uruguay 3, dejando un margen de solo 3 empates.

Era claro que los brasileros estaban “sobrados” y veían el partido como la cereza del pastel; el ambiente ideal más el oponente perfecto.

Uruguay no era cualquier rival

Para el compromiso, el conjunto anfitrión era el claro favorito; un empate le bastaba para hacerse con el título. Pero la Celeste no era un “rival débil” y era, hasta los momentos, una de las selecciones más laureadas del planeta.

De hecho, hay un dato que muy poco se menciona: a partir de ese Mundial es que se consolida el famoso apodo de “Garra Charrúa”, por su carácter y mentalidad competitiva brutal.

Noventa minutos que cambiaron la historia

Llegó el 16 de julio y el destino tenía otros planes para la oncena local. Los dos mejores salieron al campo de juego en un ambiente que erizaba la piel y en donde los uruguayos eran vistos como hormigas en un jardín.

Los primeros 45 minutos fueron de ida y vuelta. El combinado brasileño tenía más talento ofensivo y llegaba mucho mejor futbolísticamente, pero los charrúas nunca dejaron un balón a la intemperie e iban a por todas.

Tras un primer tiempo ansioso, los equipos se fueron al vestuario con un empate sin goles. Comenzando la segunda mitad, Friaça fue el primero en abrir el marcador.

El estadio se caía. Todos esperaban ansiosos la goleada verdeamarela, pero la algarabía no duró mucho. Al minuto 51, Giggia y Schiaffino se unieron en una jugada sorprendente que derivó en gol de este último.

El tanto significó presión por parte de los locales, así que Uruguay se fue a todo o nada. Sobrevivieron los ataques hasta que llegó la acción que lo cambiaría todo.

El caos perfecto

Alcides Ghiggia fue el arquitecto de un caos perfecto. Tras recibir un pase de Obdulio Varela, realizó una pared con Julio Pérez, burló a los defensores y al arquero rival, Moacir Barbosa, y firmó el 1-2 que paralizó los corazones.

El estadio quedó en absoluto silencio. Nadie lo vio venir, ni siquiera los jugadores celestes. El colegiado inglés George Reader pitó el final del partido y, de esa forma, los orientales concretaban una gesta épica en la historia de las Copas del Mundo.

Una derrota que trasciende lo deportivo

Para la afición local, el resultado fue una tragedia deportiva y, hasta la actualidad, los hechos de ese día siguen siendo considerados como la peor derrota en la historia de la Verdeamarela.

La prensa local ya hacía a sus referentes campeones. Los principales diarios de Río de Janeiro tenían listas sus portadas, dando por hecho el triunfo de su selección. Las avenidas eran un mar de carrozas ambientadas y adornadas para festejar la gran hazaña. Pero todo cambió en 90 minutos.

La nación sudamericana estuvo alejada de todos los conflictos bélicos que arroparon al mundo previo al Mundial y aprovechó la situación para demostrarle al planeta que podía ser una potencia emergente y moderna. Tanto así, que el estadio Maracaná fue construido con esa finalidad.

Los brasileños veían el certamen como una ventana para exhibir progreso y estabilidad, aunado también a la posibilidad de conseguir su primer título y en casa. Por eso, el “Maracanazo” es la simbología de un hecho que marcó un antes y un después, tanto en la historia del fútbol como en la de nuestro mundo.

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