El sueño de una temporada perfecta (una hipérbole que acompaña a la afición cada año) terminó temprano para los Mets de Nueva York. La derrota del domingo en 10 entradas ante los Piratas de Pittsburgh impidió que el equipo completara la barrida, pero lo que realmente encendió el debate fue el manejo del bullpen por parte del mánager Carlos Mendoza.
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La decisión que generó más críticas fue el uso de Richard Lovelady en la décima entrada. El derecho, quien fue el último jugador en integrarse al roster antes del Opening Day, venía de lanzar el sábado y mostraba signos evidentes de fatiga, permitiendo finalmente las dos carreras que marcaron la diferencia.
La polémica en el plato y las opciones agotadas
Los Mets tuvieron su oportunidad en la parte baja de la décima. Sin embargo, la remontada se cortó de tajo cuando Francisco Lindor fue puesto out en el plato. De haber anotado, Lindor habría representado el empate, pero su caída dejó al equipo sin margen de maniobra, impidiendo que bates como el de Juan Soto pudieran cambiar la historia del encuentro.
Tras el partido, los cuestionamientos hacia Mendoza no se hicieron esperar: ¿Por qué Lovelady y no cerradores de élite como Devin Williams o Brooks Raley? La respuesta del mánager fue directa y lógica desde el punto de vista médico: ambos relevistas estaban inactivos tras su intensa participación en la victoria del sábado.
Priorizando la salud: Una mirada al calendario
Aunque el bullpen parecía "fresco" tras el descanso del viernes, la realidad interna era distinta. Con Tobias Myers fuera de combate tras su relevo de tres entradas el Día Inaugural, Mendoza solo contaba con siete brazos disponibles para el fin de semana.
La estrategia del sábado, donde se utilizó a casi todo el cuerpo de relevistas para asegurar el triunfo en entradas extra, dejó facturas pendientes para el domingo. Mendoza tuvo que recurrir a lanzadores que ya habían tenido actividad, como Huascar Brazoban y Luke Weaver, intentando estirar los recursos sin quemar a sus piezas fundamentales.
Es vital recordar que el objetivo para clasificar a los playoffs es ganar series, y los Mets ya habían cumplido esa misión al llevarse los dos primeros encuentros contra Pittsburgh. En el béisbol de marzo, arriesgar una lesión de Williams o Raley por una barrida temprana suele ser un error que se paga caro en septiembre.
La maratón contra el sprint
Para una afición traumatizada por haberse quedado fuera de la postemporada por un solo juego el año pasado, cada derrota duele como si fuera la última. Sin embargo, un partido en marzo difícilmente define el destino de una plantilla tan profunda. Si los Mets llegan a septiembre lamentando una derrota antes de abril, significará que hubo problemas mucho más graves en el camino.
El uso excesivo de relevistas en los dos primeros meses es la forma más rápida de llegar al verano con un bullpen agotado. Además, la suerte no estuvo del lado de Mendoza: tener dos partidos consecutivos de entradas extra tan temprano en la campaña, cuando los abridores aún no tienen el conteo de lanzamientos al máximo, es una pesadilla logística para cualquier mánager.
Falta de oportunidad con el madero
Más allá del bullpen, la ofensiva también comparte la responsabilidad. Los Mets terminaron el domingo con un pobre registro de 2 de 10 con corredores en posición de anotar y dejaron a ocho hombres en las almohadillas.
Perder la barrida siempre es amargo, pero Nueva York está jugando el juego largo. A veces, hay que ceder una batalla para asegurar que el ejército llegue entero a la guerra de otoño. Carlos Mendoza lo sabe, y su gestión del domingo es la prueba de que su prioridad es la salud del equipo en agosto, no el entusiasmo de la primera semana.