5 de junio de 1971. Una inmensa legión de venezolanos, hípicos o no, desbordó las calles de Nueva York. ¿El motivo? El caballo Cañonero II —propiedad de Pedro Baptista, conducido por Gustavo Ávila y entrenado por Juan Arias— era el gran favorito para ganar la Triple Corona del hipismo en Estados Unidos. Aquella era una hazaña esquiva desde 1948, año en el que el legendario Citation se alzó con la tríada de carreras guiado por Eddie Arcaro.
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Cañonero II había dejado boquiabiertos a los aficionados el primero de mayo en Churchill Downs al triunfar en el Kentucky Derby. Pero la gesta no se detuvo allí: catorce días después, se adjudicó el Preakness Stakes imponiendo un tiempo récord de 1:54.0 para los 1900 metros. Desde esa fecha, Venezuela entera entró en suspenso; la vida del país giraba en torno a un purasangre, un fenómeno de masas que no se experimentaba con tal magnitud desde los tiempos de la Independencia.
El Belmont Stakes que jamás se olvidará
La edición 103 del Belmont Stakes resultó histórica por múltiples factores. Una multitud récord de 81.036 personas colmó Belmont Park, una asistencia jamás vista que agotó las provisiones de los puestos de comida y bebida mucho antes de la carrera. Allí no solo latía el corazón de Venezuela; puertorriqueños, dominicanos y panameños se sumaron al clamor. Cañonero II ya no solo representaba a un país, sino al orgullo de toda una región.
El evento distribuía un premio de $162.850, de los cuales $97.710 estaban reservados para el ganador. En las taquillas, Cañonero II era el favorito indiscutible, con dividendo de $3.40 por cada boleto de $2, mientras que el segundo cotizado, Good Behaving, ofrecía $9.
Al darse la partida, la gran tribuna de Belmont Park estalló en júbilo. Cañonero II salió decidido a buscar la punta y Ávila lo colocó en el primer lugar, con parciales de 24.1, 48.1, 1:12.3 y 1:37. Sin embargo, tras pasar ese último poste de los 800 metros, la ilusión comenzó a desvanecerse. Twist The Axe, conducido por el puertorriqueño Eddie Belmonte, comenzó a presionar, mientras que desde la tercera casilla se movía Pass Catcher. Guiado por Walter Blum, este potro avanzaba dispuesto a ponerle fin al sueño colectivo.
Antes de ingresar a la recta final, Pass Catcher asumió el liderato sin resistencia. Marcó 2:03 para los 2000 metros y enfiló implacable hacia la sentencia. Cañonero II cedía terreno, entregándose ante la tristeza y las lágrimas de los miles de compatriotas que habían viajado para verlo. En los metros finales, Pass Catcher logró contener la dura embestida de Jim French —que atropellaba por dentro bajo el castigo de Ángel Cordero Jr.— y sostuvo medio cuerpo de ventaja para cruzar la meta en 2:30.3.
Pass Catcher concretó una de las sorpresas más costosas de la historia hípica, con pago de $71.00 a ganador. Su victoria sepultó un anhelo que se había labrado con mística y que paralizó a una nación. Aquella tarde, el país entero siguió la transmisión con el alma en un hilo: en la radio, a través de Radio Continente con la inolvidable voz de Virgilio Decán, «Aly Khan»; y en la televisión, por Cadena Venezolana de Televisión (Canal 8), bajo el emotivo relato de José Eduardo Mendoza, «Míralejos». Todos se habían imaginado al castaño coronar la hazaña.
A 55 años de distancia, aquella derrota todavía evoca nostalgia. Los problemas que aquejaron a Cañonero II en uno de sus cascos fueron la verdadera razón por la cual el caballo no pudo emplearse a fondo. El destino dictó su sentencia. Una semana después, la prestigiosa revista Sports Illustrated ilustró su portada con la foto de Pass Catcher victorioso en primer plano y, detrás de él, Gustavo Ávila sobre el noble caballo venezolano. El titular principal todavía resuena con amargura en la memoria colectiva: «Cañonero nunca debió correr».
