El 6 de julio de 1980 quedó grabado con letras de oro, drama y nostalgia en las páginas de la hípica venezolana. Aquella tarde, sobre la extenuante distancia de 2.400 metros (1 1/2 milla), la inmortal campeona Gelinotte vio desvanecerse el sueño de la Triple Corona Nacional al caer derrotada ante el veloz Sweet Candy en el Clásico República de Venezuela (G1).
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Una hazaña que no pudo ser
Gelinotte, una de las corredoras más extraordinarias y queridas que haya pisado la pista de La Rinconada, ya se había consagrado de manera invicta como Triplecoronada de hembras.
No conforme con eso, fue a retar a los machos. Tras imponerse de forma categórica en el Clásico José Antonio Páez y en el Clásico Ministerio de Agricultura y Cría (Actualmente Cría Nacional), la pupila del recordado entrenador "Misiu" Millard Ziadie y el jinete Juan Vicente Tovar estaba a solo un paso de lograr una hazaña inmortal.
Sin embargo, el buen esfuerzo acumulado de Gellinote le pasaron factura en los metros finales.
Sweet Candy: El triunfo inesperado
El ejemplar Sweet Candy fue el ganador. Este formidable corredor, un "importado en vientre" hijo de Bold and Brave en Theahexess, nacido en las praderas del Haras Ana María, llegaba en plenitud de condiciones bajo el impecable entrenamiento de Abigail Colmenares y conducido magistralmente por Jesús Márquez.
Sweet Candy demostró su enorme calidad física para quebrar la resistencia de la gran favorita en la recta decisiva, llevándose los máximos honores del magno evento.
Un veredicto insólito en las tribunas
Este Clásico República de Venezuela regaló una de las mayores anomalías en la historia del turf venezolano: El ganador fue recibido entre pitos y abucheos por una afición desconsolada, mientras que Gelinotte, la derrotada, fue despedida con una ensordecedora ovación de aplausos y lágrimas.
El público no castigaba a Sweet Candy por su triunfo legítimo, sino que lloraba la caída de su reina. Fue la primera, y quizás única vez, que La Rinconada premió la gloria del segundo lugar y abucheó la victoria del primero, a fin de demostrar que el amor por un ídolo va mucho más allá de los dividendos de las taquillas de apuestas.
Aquella tarde nació una leyenda que, a pesar de no portar la corona formal, se quedó para siempre con el corazón de un país entero.
