¿Por qué todos celebramos la eliminación de Los Ángeles Dodgers?

POR: IVÁN HOLGUÍN LÓPEZ

Hay un instante casi sacro en el deporte cuando el Goliat invencible se desploma. Un silencio denso que envuelve la catedral del favorito mientras, en el resto del planeta, se desata un grito colectivo de liberación. No es meramente el festejo por la victoria de un rival; es el alboroto casi sociológico de presenciar cómo la gravedad se impone sobre la soberbia. La reciente y drástica eliminación de Los Ángeles Dodgers a manos de los Milwaukee Brewers no fue solo un desenlace deportivo más en los playoffs de la MLB; fue la escenificación de un ritual tan antiguo como la civilización misma: el regocijo popular ante el colapso del imperio.

Nos educan bajo el dogma de admirar la excelencia, pero la mente humana habita en una contradicción fascinante. Cuando una franquicia trasciende la competitividad orgánica para convertirse en una maquinaria imparable de recursos y nombres estelares, la admiración se erosiona para dar paso a un odio colectivo perfectamente orquestado. Los Dodgers de la era moderna se erigieron como ese titán definitivo: nóminas desorbitadas, alineaciones donde cada casilla infunde pavor y una sensación omnipresente de que el juego, antes de ser jugado, ya ha sido comprado en los despachos de California. Cuando Milwaukee los barrió sin miramientos, la alegría neutral no obedeció a un cariño repentino por los Brewers, sino a una respuesta anímica profunda: la vindicación del esfuerzo terrenal sobre el monopolio del talento.

Hay una palabra alemana que describe exactamente este momento schadenfreude —el placer derivado de la desgracia ajena— pero incluso algunos psicologos lo bautizan como el "síndrome del odio colectivo", funciona como un ecualizador emocional. En una era globalizada donde la brecha económica y mediática entre los gigantes y los humildes parece insalvable, los superequipos encarnan la inevitable injusticia de las reglas del mercado. Por ello, ver caer a Los Ángeles no se sintió únicamente como un resultado de béisbol, sino como un acto de justicia poética.

La historia del deporte es, en el fondo, una cronología de estas mareas de antipatía compartida. Bastaría viajar una década atrás para recordar al Miami Heat del Big Three. Aquella presentación ostentosa donde promesas de innumerables anillos resonaban bajo las luces de Florida no hizo más que firmar un pacto implícito con el resto del mundo: el Heat aceptó ser el villano y el planeta aceptó odiarlos. Cada tropiezo de LeBron, Wade y Bosh era un banquete para la afición neutral, un alivio colectivo que demostraba que las superpotencias fabricadas en un laboratorio de egos aún podían fracturarse ante el corazón y la cohesión de rivales como los Mavericks de 2011 o los Spurs de 2014.

Del mismo modo, el fútbol europeo ha construido su mayor altar de devoción y animadversión en torno al Real Madrid. En las noches de Champions League, la camiseta blanca no solo viste a un club; viste a la hegemonía europea. Su capacidad para arrebatar victorias de la nada ha alimentado una legión infinita de detractores que aguardan, con una paciencia casi obsesiva, el tropezón europeo de los merengues para celebrar la caída del monarca absoluto. O los New York Yankees de la era de los noventa y dos mil, o los New England Patriots de Brady y Belichick en la NFL: estructuras frías, implacables y desprovistas de vulnerabilidad que convirtieron la victoria en una rutina pesada.

Al final, celebramos la derrota de los Dodgers porque necesitamos recordar que el mito de la vulnerabilidad sigue vivo. Queremos creer que el romanticismo, la mística de un camerino unido y el azar impredecible de una tarde de octubre aún pueden derrotar al cheque más alto. Cuando el último out selló la eliminación angelina, el suspiro de satisfacción que recorrió a millones de aficionados no fue odio malintencionado; fue la simple y humilde alegría de comprobar que, en el deporte como en la vida, los gigantes también sangran.

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