El adiós del Rey LIOn

POR: IVÁN HOLGUÍN 

En el ciclo sin fin
Que nos mueve a todos
Y aunque estemos solos
Debemos buscar
Hasta encontrar nuestro gran legado
En el ciclo, el ciclo sin fin

Si lo leemos sin la música del Rey León, del gran Elton John, podemos encontrar una de esas frases motivacionales, que vemos en las redes sociales. Pero cuando le agregamos esos perfectos acordes, encontramos lo que fácilmente puede concebirse como el resumen de lo que sería la carrera de Lionel Messi en la selección argentina.

Hay reinos que no se delimitan con mapas ni fronteras, sino con latidos. Reinos donde la corona no se hereda con la sangre, sino con la expectativa sofocante de un pueblo que necesita creer.
 

Para Lionel Messi, la camiseta celeste y blanca no siempre fue una armadura; durante años fue una túnica de plomo. Como Simba en por el linaje de su padre, Leo nació tocado por una gracia casi divina, señalado desde la infancia por los sabios del fútbol como el elegido para continuar una estirpe sagrada. 

Pero la sabana argentina no es un cuento de hadas; es un territorio implacable regido por fantasmas. Sobre su cabeza se proyectaba la figura inalcanzable de Mufasa  o Diego Armando Maradona no era solo el rey anterior, sino el tótem intocable, el sol absoluto que calentaba y quemaba a la vez. 
 

Messi creció bajo esa sombra asfixiante. Cada paso que daba en la selección se medía con la vara de un hombre que había ganado un Mundial a base de rebeldía, picardía y un carisma tribunero que contrastaba brutalmente con la timidez casi fantasmal del chico que solo ganaba con el Barcelona.

Pasaban los años y los Mundiales. 2006 mero espectador; 2010 un viaje que hizo con Maradona al cementerio de los elefantes, pero que a pesar de contar con la compañía de ese ídolo que lo opacaba en el colectivo social, el resultado no cambió. En paralelo, Copas Américas, también sin éxito. Y llegó la oportunidad de trascender, por partida triple. Pero todos sabemos que como el Rey León, esta historia tiene más fracaso que triunfo. 

Las tres finales perdidas de forma agónica (2014, 2015, 2016) se sintieron como la estampida de los ñus en el desfiladero, el momento exacto en que el héroe queda huérfano, aplastado por la culpa y el fracaso. Todo coronado con aquella frase amarga —"se terminó para mí la selección"— ¿Acto de cobardía, o llanto de un león herido que miró a su alrededor y solo encontró el eco de la incomprensión?
 

Le tocó irse al exilio. Mientras que en su país no era más un "pecho frío", y se le acusaba de no sentir los colores, de ser un extranjero con botines de oro; en el viejo continente, un lugar lejos de la sabana, era un dios. Messi era feliz con Timón y Pumba (Suárez y Neymar) ganando todo en el club de sus amores, y en su patria en aquella sabana que no tenía ni su figura, ni la de Mufasa todo se seguía marchitando. 
 

No existe un peor enemigo que el no aceptar tu destino. Simba no estaba hecho para ser un hippie en la selva. Su lugar era el de estar a la altura de otros grandes reyes. Esos que nos ven desde las estrellas. 

El viento trae de regreso las voces de los sabios. Como el viejo Rafiki golpeando la cabeza del león para despertarlo de su letargo, figuras como Edgardo Bauza primero y, sobre todo, la catarsis íntima del propio jugador, le recordaron quién era. 
 

El viaje del héroe exigía cruzar el espejo del dolor. Messi comprendió que no podía reinar imitando a Mufasa; tenía que aceptar su propia naturaleza. Tenía que dejar atrás al muchacho tímido de pocas palabras que bajaba la mirada ante la tormenta, y enfundarse en el traje de un león temerario, curtido en cicatrices, dispuesto a rugirle a la historia.


Volver no fue un acto de soberbia, sino de resignada ternura. Messi regresó sin reclamos, dispuesto a habitar su propio desierto, a soportar la lluvia torrencial de las críticas, a envejecer en la cancha y el destino parecía no cambiar como en el Mundial de 2018. Pero una nueva manada de cachorros —una generación que no lo juzgaba, sino que lo amaba— comenzaba a crecer a su lado.

La transformación fue mítica. De la mano de Lionel Scaloni —el arquitecto que reconstruyó el orgullo desde las cenizas—, el reino cobró un nuevo sentido. Ya no era el niño buscando la aprobación de la manada; era el patriarca silencioso, el capitán curtido que entendió que la gloria no se heredaba, sino que se conquistaba.

Lo que vino después fue el retorno triunfal a la Roca del Rey. La Copa América de 2021 en el Maracaná rompió el maleficio de la noche oscura. La Finalissima y, por fin, la consagración eterna en Catar 2022 cerraron el círculo del destino. Aquel hombre maduro, con la estampa de prócer y la mirada de fuego, levantando la Copa del Mundo bajo el manto de terciopelo y oro, completó la metamorfosis: ya no tenía que luchar por ser Mufasa, porque había llegado el reino de Simba. 

Pero así como empezamos este texto, el ciclo es sin fin. Y el reinado de Messi llegó a su ocaso definitivo, el círculo de la vida futbolera se cierra en paz. Messi demostró que la verdadera grandeza no radica en no caer jamás, sino en tener el valor de regresar al lugar donde fuiste herido para reclamar tu destino. 

Y cuando las luces del estadio se apagan y el Monumental calla su último aplauso, queda la certeza inquebrantable de que el chico tímido de Rosario caminó por el fuego, se convirtió en leyenda y, al final de todo, hizo suya para siempre la eternidad del reino. 
 

TEMAS DE HOY:
VE
Escoge tu edición de meridiano.net favorita
VE (Venezuela)
US (USA)
Meridiano Premium

¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

¿Quiere recibir notificaciones de alertas?