POR IVÁN HOLGUÍN LÓPEZ
Por un momento no recuerdo cómo empezaba el "Don Quijote de la Mancha" de Cervantes. Estoy casi seguro que era así: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor"
Pero en estos últimos días mi mente se ha emepezado a confundir a pensar que es así: "En un lugar de Funchal, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace muchas temporadas que habitaba un astro de los de bota de oro en vitrina, dorsal '7' histórico, goleador triunfal y lusitano admirado."
Hay hombres cuya sombra es tan alargada que, cuando el sol comienza a declinar, se asustan de su propia largura y la confunden con la silueta de un monstruo. Cristiano Ronaldo pertenece a esa clase de titanes modernos forjados. Su carrera ha sido una gesta homérica, una lucha constante contra la gravedad y contra el tiempo, un relato donde cada récord derribado parecía colocarlo un escalón más cerca de la inmortalidad. Pero la tragedia de los gigantes, aquellos que un día dominaron el mundo con la punta de los botines, es que el mundo sigue girando cuando ellos deciden detenerse en su pedestal.
Y es ahí, en ese punto de fricción donde la realidad se niega a obedecer sumisamente al ego, donde la figura de Cristiano se desdobla de manera dolorosa en la de un nuevo Alonso Quijano.
Cervantes nos enseñó que la locura del hidalgo no nacía de la maldad, sino de una incapacidad absoluta para aceptar que los tiempos de caballería andante habían expirado. Las llanuras de Castilla se habían poblado de mesones vulgares y labradores sensatos, pero el caballero de la triste figura seguía viendo ejércitos formados y encantadores malvados en cada lugar del camino. De la misma manera, el astro portugués camina hoy por los campos de fútbol enzarzado en una batalla perpetua contra molinos de viento que él mismo se empeña en transformar en feroces enemigos.
Un banquillo táctico en Old Trafford se convierte en una afrenta dinástica; una decisión prudente en Catar bajo las órdenes de Fernando Santos se lee como una conjura ministerial; y el último estallido en tierras escandinavas y danesas junto a Jorge Jesus —con desdén, portazo y retirada a los cuarteles de invierno— ya no es una simple gestión de minutos, sino el asalto imaginario de un ejército invisible que busca arrebatarle su corona.
Parece un extraño terreno psicológico tan fascinante como frágil. En la superficie está la autoestima, la coraza de un depredador indestructible; pero en las catacumbas de ese carácter late el vértigo, un eco envenenado del síndrome del impostor invertido. Quien ha construido su santuario sobre la premisa de ser el absoluto e indiscutible epicentro del universo futbolístico experimenta el envejecimiento y la suplencia no como un tránsito natural, sino como una usurpación ilegítima. El ego, blindado con oro durante dos décadas, se ha vuelto quebradizo ante el sutil soplo de la normalidad. Al no saber ser un mortal ordinario, el mito prefiere inventarse conspiraciones universales antes que admitir que el reloj, ese juez implacable que no entiende de jerarquías, ha avanzado una hora más en el marcador.
Lo verdaderamente desgarrador de este capítulo cervantesco es que el enemigo contra el que combate con tanta furia no existe fuera de su propia mente. No hay una liga secreta de entrenadores conjurados para apagar su luz, ni directivos maquiavélicos dedicados en cuerpo y alma a menguar su legado. Los gigantes son de papel, armados con la tinta de sus propios temores y sostenidos por la armadura oxidada de un orgullo que se resiste al descanso. Y en esa carga furiosa contra sombras inofensivas, el caballero está consiguiendo aquello que ningún rival sobre el césped pudo jamás lograr: manchar con fricciones innecesarias y pulsos estridentes el brillo inmaculado de su propia leyenda.
Los héroes trágicos de la literatura universal siempre hallan la paz en el instante supremo de la lucidez, justo en ese segundo en el que se despojan del ego y reconocen que los campos de La Mancha estaban habitados por pastores y molinos silenciosos, no por ejércitos de la oscuridad. Cristiano Ronaldo, el eterno 7, aún tiene a tiempo de desenvainar la pluma de la sensatez y mirar de frente el ocaso.
Comprender que la suplencia no es una derrota, y que la gloria verdadera ya descansa a buen recaudo en la eternidad de los libros de historia, sería su victoria más hermosa: la de perdonarse a sí mismo por dejar de ser un dios de bronce y aprender, por fin, la noble y apacible dignidad de ser simplemente humano.